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Editorial

ARTROSCOPIA | VOL. 24, N° 1 | 2017


EDITORIAL


 

La Metáfora de Narciso el vanidoso

Las actitudes egocéntricas y el exceso de protagonismo de algunos seres humanos, no solo resulta en muchos casos patético si no que resulta también muy poco generoso para quienes se encuentren a su alrededor.
Quien escape a su propia subjetividad, quien pueda correr en sentido contrario a la idealización de su propia vida, desde mi punto de vista, ha logrado su libertad para siempre, pudiendo fugarse de la cárcel del yo, yo, yo.
Sobredimensionar constantemente nuestras virtudes e ignorar o rechazar sistemáticamente nuestros defectos nos condena a una vida de pobreza emocional, frustración y enojo.
Recordemos la metáfora de Narciso en la versión de Ovidio, quien “se prendió de amor por su propia cara reflejada en el agua de una fuente, esa imagen que no podía alcanzar y de la cual no se podía desprender fue la causa por la cual se lanza para traspasar ese inconsistente reflejo haciéndolo añicos y alcanzando la serenidad tan buscada en el fondo y tal vez satisfecho se transformó en la flor que hoy lleva su nombre.”
Y que queda para los demás, para los seres queridos, para la descendencia, para los discípulos, para los oyentes comunes, para los colegas, para los alumnos... Queda cansancio, contradicción, tristeza por no ser escuchados y desinterés por lo que hay que escuchar.
¿Qué queda para el Narciso? la nada misma, el abismo amargo de recompensar al ego con una mirada subjetiva, la entrega de la propia vida a alguien más pequeño que se conforma con solo un poco de felicidad no compartida, felicidad sin nadie a quién o de quién ser feliz.
El Narciso es solitario, no por elección propia si no por no soportar la fealdad del otro, es incapaz de amar de verdad porque al único que ama es a sí mismo, vive sumergido en un mundo de espejos que reflejan su propio rostro resplandeciente y pone un velo de oscuridad frente a los rostros de los demás.
Narciso no ve, solo mira, no oye, solo escucha, no siente profundamente, solo finge sentir y espera, siempre espera a alguien que jamás va a encontrar.
La metáfora de Narciso tiene su origen en la mitología Griega y se cree que fue una historia moral dirigida a los jóvenes griegos de la época, pero hay diferentes versiones acerca de la misma metáfora, inclusive versiones para niños de “Narciso el Vanidoso”.
Salvador Dalí en su obra Metamorfosis de Narciso de 1937, que tuve la oportunidad admirar ya hace muchos años en el Museo Nacional Británico de Arte Moderno, expresa con tremenda furia en un óleo el drama humano del amor, la muerte y la transformación.
En nuestra vida todos nosotros seguramente hemos convivido con inocentes ¨Narcisos¨ vanidosos, o tal vez hemos transcurrido nosotros mismos por ese drama del ser humano y en vez de suicidarnos contra nuestra propia imagen, sobrevivimos con la ayuda de los demás.
Si solo nos vemos y escuchamos a nosotros mismos, si solo nosotros tenemos la razón, si nadie en el mundo es capaz de equipararse a lo que deseamos en nuestra estrecha imaginación, el mundo está perdido y la libertad solo se puede lograr “con la ayuda de los demás”.
La humanidad necesita menos Narcisos y más humildes o sencillos, escuchar más que hablar, ver más que ser mirar, reconocer al otro mucho más que ser reconocidos.
En nuestra profesión solemos pecar de vanidosos, engreídos y sabelotodo, desafiamos a nuestros pares y enfermos con conocimientos científicos y arte quirúrgico sin darles en nuestro interior ninguna oportunidad. Los pacientes y la audiencia suelen ser rehenes de nuestro mejor y más decadente ¨Narciso¨, ciegos y sordos exponemos verdades indiscutibles con la sola mirada de nuestra imagen reflejada en un espejo, porque somos incapaces de aceptar al otro como tal, y sobretodo de bajarnos del pedestal que nosotros mismos construimos para poder sobrevivir.


Dr. Fernando Barclay
Editor en Jefe Revista Artroscopia

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